Un sitio donde ir poniendo mis pensamientos, sentimientos, mis relatos, ahora que estoy en esa edad que dicen que es la mitad de la vida.
GRACIAS
GRACIAS A todos los que visitan Mi Rincón, me dejáis vuestros comentarios: ¡¡Gracias!!. No suelo contestar a vuestros comentarios en las entradas, así que quede aquí mi gratitud.
Como casi siempre la cosa no había ido demasiado bien. Había tocado en el puerto, en un garito de mala fama, donde sólo se reunían personajes de mal vivir y putas baratas. Como casi siempre había tocado para sí mismo, quizá ninguno de los presentes ni se habría dado cuenta de su presencia, ensarzados en sus charlas, risotadas y gritos, afanados en entenderse con los camareros, a los que pedían insistentemente más vino, más vino, más....
¿Qué le había llevado a aquella situación?. Había sido siempre un melómano, todo en su vida había sido música, su padre músico, su madre cantante, le habían inculcado el amor a ella. Pero no había tenido suerte, un jugueteo con las drogas, algún pérfido amor, devastador, mala suerte.
Ahora se conformaba con poder tocar en el garito y malvivir, pero siempre con la música pegada a cada poro de su piel. Como casi siempre volvía a casa sólo. Toda su vida había sido un buscador de sueños, de gente, de sensaciones, de experiencias, ahora no, ahora se dejaba arrastrar por la inercia de los días, sin más pretensiones. A veces pensaba que ya nada merecía la pena, sólo la música.
Cuando llegó a su habitación de alquiler, se tumbó en la cama, ya casi amanecía, y atrapó el sueño jugando, como de pequeño, con un mechón de su pelo, que aún conservaba largo y rizado.
Nació con el ceño fruncido, todos lo achacaban al sufrimiento del parto, pobre de tanto empujar se le quedó la marca....
Después fue creciendo con el ceño fruncido, se lo achacaron a que no veía bien, así que su madre lo llevó al oculista. Le pusieron gafas, le taparon un ojo, como a los piratas de sus cuentos, algo totalmente icomprensible para su infantil entendedera, pero si veo bien...
En la foto que su madre tenía sobre el taquillón, sí, sí, a la entradita del piso, la foto de bodas de su niño, pues ahí seguía con el ceño fruncido, como si se estuviera arrepintiendo de la boda antes de haberse casado incluso. Demasiado orgullo para echarse atrás....
Cuando envejeció tenía tantas arrugas, tantos canales de años en su cara, que el ceño fruncido ya ni se notaba. Seguía sufriendo; sin ver bien; arrepintiéndose; en un vano intento de superar la vida.
El sol volvía a caer, como siempre tan deprisa. Se afanaba en voltear la Tierra, huyendo de esos paisajes tan trillados durante las casi dieciséis horas que duraba el día por entonces. Y se despedía, deprisa, como huyendo, temeroso de que alguien pudiera paralizarlo y le impidiera buscar otros horizontes, para seguir jugando a espantar la noche.
Era la hora más hermosa para estar en la playa. El sol, en su huída, olvidaba el oro que desparramaba casi sin darse cuenta por la arena, por la fachada del Santuario, que mágicamente se convertía en un cofrecito de bronce.
Para ella, el día empezaba justo ahí, a la caída del sol, el amanecer de todos, era en realidad el fin de su día. Empezaba a refrescar, pero resistió un poco más en la playa. El sol ya se había ido completamente, pero todavía quedaban restos de su luz, acariciándolo todo. Mientras caminaba de vuelta a casa, se cruzó con alguien. No se conocían absolutamente de nada, no habían coincidido nunca, no se reconocieron, pero al mirarse, cuando sus ojos se clavaron mutuamente, sintieron cómo habían estado amándose toda la vida.
Una lluvia invisible,
Una lluvia afilada y sin escrúpulo
que te hiere el alma.
Una tristeza interminable.
Un alma vacía
esclava del pasado.
Un dolor sin misericordia,
un sueño extraño :
Un pétreo castillo que se desmorona.
Una vida sin sentido
La pareja no era demasiado mayor, pero tampoco eran jóvenes. Quizás rondaban lo cincuenta. Bien vestidos. Elegantemente vestidos para una sevillana mañana de domingo.
Probablemente pensaban pasear por el Centro, después tal vez, de escuchar Misa en la Catedral.
Ella vestía un impecable traje de chaqueta marrón, blusa con lazada en tonos oro viejo, zapatos de medio tacón, muy limpios, bolso a juego, y llevaba el pelo que ya empezaba a platear, recogido con un elegantísimo estilo italiano. Muy bella.
Él la acompañaba en todo, en la pulcritud de sus zapatos, en la elegancia de su traje, y casualmente en ese oro viejo de su corbata.
Se veían como solemos decir con clase.
Cuando subí al autobús, ya estaban sentados. Desde el primer momento me habían llamado la atención. Por su belleza, su serenidad, por todo lo que ya he descrito. Tomé asiento justo detrás de ellos y también pude comprobar lo bien perfumados que iban.
Hablaban pausadamente, bajito, casi susurrándose, así que no pude oir absolutamente nada de lo que se decían. ¿Harían planes para ese domingo? ¿Hablarían de sus hijos o de sus nietos? ¿Tendrían hijos o nietos?..
La película de mi ciudad iba proyectándose ante mis ojos. Gente en bici, gente andando, otros coches, semáforos, terrazas con veladores, todo se proyectaba a través de los fotogramas/ventanas del bus. Pero realmente lo que me absorbía era la pareja. Verdaderamente fascinantes para mí.
Cuando al fin llegamos a la última parada, se dispusieron para salir. Las manos de ellas eran preciosas. Manos maduras de mujer madura, uñas muy bien arregladas, y a la vez manos fuertes. Con una se agarraba a una barra del autobús para no perder el equilibrio mientras que con la otra, firmemente, ayudaba a su compañero a incorporarse.
Él se puso de pié, justo detrás de su mujer (hace tiempo que yo había decidido que eran matrimonio). Y con un gesto un poco torpe se asió a su brazo. Quise notar que el hecho de tocarla, de apoyarse en ella lo tranquilizaba. Y fue ahí, justo en ese preciso momento cuando empecé a darme cuenta de lo que realmente pasaba. Ella lo guió hasta la puerta de salida, con su cuerpo y sus piernas y sus pies le indicaba que había un escalón, que tendrían que bordear algo la parada para no entremezclarse con los que ya hacían cola para ese mismo autobús. Ella empezó a caminar con paso firme, y él, agarrado la seguía, sin miedo. Era evidente que confiaba en su lazarillo. ¿Podría ella también transmitirle los colores? ¿El ambiente? Seguramente que sí.
Desde su ceguera y a través de ella, iba a vivir una bonita mañana de domingo.
Hay un rincón en el cielo donde estás tú. Allá lejos, donde no abarca nadie, donde nada ni nadie puede husmear. Vuelo y viajo a través del espacio, buscándote, porque sé que estás tú, allí, en ese rinconcito de la nada. Hay una estrella amiga, que me hace guiños para que siga, para que no abandone, porque ella también sabe que estás tú y sabe que te busco. A veces, con un gesto de complicidad, me extiende un rayito, para que me pose, y me traslada sin esfuerzo hacia tu trocito de cielo, tan lejos.... pienso que no tengo tantas vidas para llegarte. Cuando te alcance, y ya seamos dos, romperé la armonía de tu soledad, de tu silencio, de tu lejanía, de tu oscuridad, y buscarás otro rincón en el cielo para instalarte, y yo sabré que estás y seguiré buscándote.
“Se puso el disfraz, se paseó por el salón, subió hasta la azotea del cóctel y se lanzó al vacío.”
Cuando nació fue como una bendición para sus padres. Habían esperado mucho tiempo. La madre llegó a pensar que nunca quedaría embarazada. Pero al fin sucedió. Estaba embarazada y tendrían por fin un hijo. El padre era un hombre bueno, trabajador, y la llegada del bebé lo colmaba de felicidad. El niño era hermoso. Parecía sano.
Hasta los cuatro años creció como un niño normal. Era pelirrojo, tenía una ceja ligeramente puntiaguda, hacia arriba, que le impregnaba de un aire extraño, como el de aquellos personajes de películas de ciencia ficción venidos del espacio. Era extremadamente inteligente y taciturno. Poco a poco su madre se fue dando cuenta de que algo no iba bien. El niño no hablaba y se mostraba reacio a relacionarse con los demás niños. Prefería jugar sólo. Tenía muchos juguetes. Al ser único hijo se volcaban para que no le faltara de nada. Pero él siempre elegía para jugar aquél muñeco de capa roja y mono azul con esa gran "S" roja superpuesta sobre el pecho.
Cuando le llegó la hora de ir al colegio, pronto comprendieron que iba a ser una tarea imposible. No atendía. No hablaba. De vez en cuando gritaba hasta desgañitarse y habían de llamar a sus padres para que fueran a recogerlo. Con la única persona que parecía encontrarse calmado era con la madre. Era una mujer cariñosa, paciente que le transmitía la seguridad que a él parecía faltarle.
El diagnóstico no tardó mucho en llegar, su hijo era autista. Consultaron los mejores especialistas, se asociaron buscando consejo y protección y ayuda. Fueron criándolo como mejor pudieron. El niño crecía sano, pero nadie podría llegar a su alma. Fueron años difíciles. El padre casi no podía acercársele. Y los besos de la madre era la única señal de cariño que admitía, aunque ella se daba cuenta de que aún así, él se limpiaba la cara cuando lo besaba.
Cuando cumplió los diez años le regalaron el disfraz que tantas veces había acariciado en su muñeco. Se lo probó y ni siquiera por esa vez hizo muestras de algún tipo de sentimiento. Otro chiquillo hubiera dado saltos de alegría, sobretodo tratándose del auténtico disfraz de Superman. Pero lo aceptó y solía ponérselo de vez en cuando.
La tragedia se cernía sobre sus vidas. Una llamada corta. Unas carreras al hospital. Varios días en la UCI. La muerte del padre.
Para la mujer fue un golpe terrible. Amaba a su marido, y él era su consuelo cuando los problemas con el niño eran mayores. Pero el tiempo fue pasando y con él el dolor. Poco a poco fue enamorándose de nuevo. Era un compañero de la asociación a la que, ahora, acudía sola. El hombre tenía una niña con el mismo síntoma, pero vivía con su madre. Empezaron a salir y decidieron que podrían intentar vivir juntos.
Al muchachito no le notaban si aquello le agradaba o no, tal era su aislamiento. Tal vez se acercara un poco más a su madre, como intentando delimitar de alguna manera su propiedad. Su madre no se percataba pero cuando los veía juntos en sus ojos se atisbaba un alo de amargura, y alguna vez una lágrima. Llegó fin de año. Pronto el chico cumpliría doce, y aún conservaba su disfraz. La fiesta la celebrarían en casa. Invitaron a algunos amigos de trabajo, y la familia. Todos parecían felices, celebrando la entrada del nuevo año con los mejores deseos. Habían puesto música y charlaban. Algunos, más contentos quizás por el alcohol se atrevían a bailar. La casa tenía una azotea magnifica que habían cerrado años atrás con vidrieras, lo que la hacía incluso en invierno acogedora. También la ocupaban algunos invitados que preferían ver las vistas de la ciudad que en aquellos días brillaba y lucía como nunca.
Aquella noche el niño se mostró especialmente impertinente. No quería que nadie se acercara a su madre, y menos que nadie, su novio. Decidieron que lo mejor era acostarlo. Quizá un castigo tampoco le vendría mal.
Lo que se escuchó en la calle ya no eran los sonidos propios de los muchachos divertidos deseándose feliz año nuevo, ni era una algarabía natural del momento. Eran verdaderos gritos de horror. Los de la azotea miraron hacia abajo. No necesitaron abrir ningún ventanal corredizo para asomarse. Uno de ellos ya estaba abierto. Al fondo vieron, en el suelo, entre el elegantísimo público, un cuerpo de niño vestido de azul y una gran capa roja. Bajaron corriendo las escaleras. Cuando la madre llegó el niño tenía los ojos abiertos bajo sus extrañas cejas. Por un momento pareció que sonreía.
Me abrazaste al despedirnos. Pero no fue el abrazo de un hasta pronto, realmente sentí que era un abrazo de despedida total. Me abrazaste fuerte, lentamente, y sentí que tu adiós era para siempre. Tantas idas y venidas, tantos desencuentros y encuentros, se resumen en un último abrazo, cálido, tierno, pero de un adiós infinito que hiela el alma.
Me atreví a preguntarte, incluso, si aquel abrazo era tal como yo lo había sentido, un abrazo de última palabra, de último encuentro, y aún diciéndome tú que no, estaba tan segura de que era como yo lo había sentido, que ni siquiera me molesté en discutir.
Tu último abrazo, resumen de tantos recibidos, el último abrazo total que cierra un círculo, ese círculo que se empeñó en rodearnos, en que nos encontráramos, tu último abrazo como la última voluntad de un amor difunto, un testamento de cuerpo contra cuerpo, de brazos que rodean, de un adiós oculto de tus manos en mi espalda.
Me abrazaste al despedirnos y sé que fue el último, tu último abrazo.